El Hospital Eduardo “Gato” Romero sigue siendo una de las grandes preguntas pendientes de Villa Allende. El edificio está ahí, la necesidad de ampliar la atención sanitaria también, pero las puertas continúan cerradas. Y mientras pasan los meses, el debate sobre quién debe ponerlo en marcha y cómo debe funcionar parece quedar atrapado entre responsabilidades cruzadas y decisiones que no llegan.
La historia tiene un peso particular. El hospital fue uno de los grandes anhelos del exintendente Eduardo Romero, una figura central de la política local. Tras su fallecimiento, la Provincia avanzó con la obra, construyendo un edificio de más de 1.300 metros cuadrados pensado para ampliar los servicios de salud. Sin embargo, terminar la construcción no significó poner en marcha el centro sanitario.
Hoy, la pregunta ya no es solamente cuándo estará terminado, sino cuándo comenzará a cumplir la función para la que fue creado.

Un edificio nuevo y un hospital viejo
La espera contrasta con la realidad del actual hospital municipal Josefina Prieur, que funciona en un edificio precario y con limitaciones frente a las necesidades de una ciudad que reclama más y mejores servicios de salud.
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La paradoja es difícil de ignorar: mientras el sistema sanitario local necesita más espacio y capacidad de atención, el nuevo edificio permanece sin uso. Según manifestó el intendente Pablo Cornet, todavía resta que la Provincia complete el equipamiento necesario. Pero el reclamo vecinal lleva meses y las respuestas concretas sobre los plazos de apertura siguen siendo una deuda.
El convenio firmado en 2021 estableció responsabilidades para ambas partes: el Municipio aportó el terreno y la Provincia asumió la construcción y el equipamiento. Cinco años después, el resultado es un edificio terminado, pero sin atención al público.

¿Público, privado o una solución compartida?
El equipamiento no es la única discusión. La propuesta de Cornet de avanzar con un esquema de gestión público-privada abrió otro frente de conflicto y despertó el rechazo de vecinos y sectores de la oposición, que reclaman que el hospital funcione íntegramente bajo gestión pública.
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El intendente planteó la posibilidad de concesionarlo a un operador privado, con financiamiento municipal para garantizar prestaciones a los vecinos. La iniciativa, sin embargo, dejó interrogantes sobre el acceso a la atención, el control del servicio y el papel que tendría el Estado en la administración de un centro de salud construido con fondos públicos.
El debate no es menor: ¿alcanza con garantizar que los vecinos puedan atenderse o también importa quién administra el hospital, bajo qué reglas y con qué controles?

La espera también tiene un costo
En medio de las discusiones, los vecinos se organizaron, presentaron reclamos y hasta realizaron un abrazo solidario frente al edificio. El Movimiento Vecinal volvió a poner el tema en agenda y reclamó definiciones tanto al Municipio como a la Provincia.
Mientras tanto, el Josefina Prieur sigue siendo la referencia sanitaria municipal y el nuevo hospital continúa esperando su puesta en funcionamiento.
El Eduardo Romero no debería convertirse en una obra terminada que acumula meses de incertidumbre. Tampoco en una discusión política que se reactive cada vez que aparece un reclamo y después vuelva a desaparecer de la agenda.
La Provincia debe dar precisiones sobre el equipamiento y los plazos. El Municipio, por su parte, debe explicar qué modelo de gestión propone, cómo garantizará el acceso a la salud y cuál será su responsabilidad en el funcionamiento del centro.
Porque el nombre de Eduardo “Gato” Romero quedó en la fachada, pero el verdadero homenaje a ese anhelo sería que el hospital abra sus puertas y atienda a la comunidad.
La pregunta sigue en pie: ¿Qué falta para que Villa Allende tenga, de una vez por todas, el hospital que está esperando?